Fue encerrada en un manicomio, cuando regresaron por ella, gritaba que la mataran


Esta es una de las historias más impactantes y aterradoras que conocerás, pero gracias a la valentía de la protagonista verás que ningún sufrimiento es en vano y que puede provocar grandes cambios en el mundo. Hablamos de Nellie Bly, una de las primeras mujeres periodistas más famosas de Estados Unidos, quien se dedicó a desenmascarar las terribles injusticias contra las mujeres entre los años 1870 y 1922.



A continuación sabrás cómo fue su experiencia más escalofriante, al ser internada por su propia voluntad en un hospital psiquiátrico. Lo que vivió te pondrá los pelos de punta, pues su relato es muy detallado…


“Mi nombre es Elizabeth Cochram Seaman o también conocida como Nellie Bly. Nací el día 5 de mayo de 1864 en un pequeño pueblo de Pensilvania (Estados Unidos). Mi pasión en busca de la verdad terminó por encerrarme en un hospital psiquiátrico, donde casi pierdo la vida...


“Harás grandes cosas, mi querida «Pinky»”. Estas fueron las últimas palabras de mi padre, pues al poco tiempo de mandarme a un internado para señoritas murió por una enfermedad fatal. Después de que mi padre falleció, y con 14 hermanos, me fue imposible terminar mis estudios.


Fui capaz de cumplir las expectativas de mi padre. Me encantaba investigar y escribir, por lo que mis artículos «Para lo que las chicas son buenas» y «La chica del rompecabezas» se ganaron la atención de los editores más importantes de la ciudad de Nueva York, así que no tardaron en ofrecerme un trabajo.

Mi enfoque consistía en hacer investigaciones de mujeres trabajadoras, pues nadie hablaba de ellas, así que me metía de encubierto para averiguar las condiciones en las que laboraban y ahí me daba cuenta de las injusticias.


Sin embargo los dueños del periódico para el que trabajaba no estaban contentos con mis artículos, pues revelaban la incómoda verdad del mundo en el que vivimos, y me mandaron a México para hacer reportajes del presidente Porfirio Díaz.


Al final no acabó muy bien, pues terminé exponiendo mi inconformidad ante el gobierno mexicano, ya que tenían como presidente a un dictador, el cual terminó por amenazarme para que dejara el país.  

Aquí es donde empieza mi aventura. Después de regresar a Nueva York me encontraba prácticamente en la calle, nadie me quería dar trabajo, pues veían solamente a una mujer rebelde y problemática, pero gracias a Joseph Pullitzer conseguí un empleo. No sabía que esto terminaría por atormentarme el resto de mis días.


Mi jefe me propuso que me hiciera pasar por “loca” para que pudiera entrar a un hospital psiquiátrico de mujeres con muy mala fama, ubicado en Blackswell Island. No dudé ni dos segundos en aceptar la descabellada oferta. «Sólo serán diez días», aseguró mi jefe.


Trabajé día y noche para parecer una loca desquiciada, de hecho estuve a punto de perder el control. Me di cuenta de que no era tarea fácil pero me propuse llegar hasta el final, así que me instalé en una pensión donde nadie me conociera. Por las noches no dormía y gritaba: «¡no dejen que me lleven!, ¡por favor ayudenme!». Los encargados del lugar me llevaron al doctor, quien me diagnosticó amnesia. No tardó mucho para que me mandarán al psiquiátrico.


El infierno me esperaba detrás de esas rejas oxidadas, el olor era nauseabundo, quería desmayarme. En cuanto sentí la presencia de la locura me di cuenta del error que había yo cometido.


La primera comida que sirvieron se quedó clavada en mi memoria: carne echada a perder, pan con moho y agua que se perdía entre el gris cenizo.

Al convivir con las demás pacientes me pude dar cuenta de que la mayoría no estaban locas, sólo eran muy pobres o hablaban otro idioma, pero las que sí, eran atadas de sus cuatro extremidades con cuerdas para ganado.


Las enfermeras utilizaban la hora del baño como tortura, echándonos cubetas de agua helada; si te negabas a tomar el baño ideaban todos los días una nueva forma de castigarte. No podías más que temblar sin decir una sola palabra. Pero no pude soportarlo, el frío quemaba mi piel y el segundo día me negué a bañarme. Hice mal, porque mi penitencia fue quedarme sentada en una banca al aire libre, desnuda, por cuatro horas en pleno invierno.


Estaba al borde de la depresión, no sabía qué estaba pasando en el mundo detrás de esas rejas. En las noches las ratas me acompañaban en la cama. No podía dormir, pues los gritos de las mujeres desesperadas retumbaban en el hospital; cada miércoles un grupo de enfermeras se juntaba para abusar físicamente de las chicas más jóvenes, la belleza de las jovencitas terminó por apagarse en las habitaciones oscuras, pues las mantenían apartadas de las demás pacientes para que nadie arruinara su diversión.


De repente no podía recordar qué era lo que me separaba de esas mujeres, pues me sentía igual de perdida que ellas.
Pasaron diez días y no tenía noticias de mi jefe, mi cuerpo ya había perdido su forma, me encontraba anémica, mi cabello no dejaba de caerse y me repetía una y otra vez:  «Mañana saldré de aquí», «mañana denunciaré este asqueroso lugar». Esa mañana no llegó.


Estuve dos meses internada en aquel hospital, mi jefe tuvo que mover cielo, mar y tierra para que me dejaran salir. Después de mucho papeleo logró sacarme de ese horrible lugar. En cuanto puse un pie fuera del psiquiátrico comencé a gritar que me mataran, no soportaba la idea de que mis ex compañeras siguieran ahí sufriendo, estaba convertida de verdad  en una loca, había perdido el control.  

En cuanto pude recuperarme comencé a escribir todo lo que había vivido en ese lugar, el mundo entero conocía todo lo horrible que se vivía en ese lugar.  

Lo bueno fue que gracias a esto el gobierno incrementó los fondos para las necesidades de las personas con enfermedades mentales, donó un total de 850 mil dólares.”


Este fue el último escrito de Elizabeth, quien murió a causa de neumonía a la edad de 57 años. Lamentablemente nunca logró reponerse de ese episodio traumático en su vida.

¿Qué opinas de Elizabeth? ¿Harías lo mismo que ella para denunciar una injusticia?

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